Consumado e Inconcluso

Es una historia de amor con mala sincronía que partió del erotismo furtivo sembrado por el sol caribeño, en siete jornadas endulzadas de fiesta, cuarenta años atrás. En principio, era el magnetismo de dos cuerpos jóvenes que, al acariciarse, inyectaban memorias de pasión en el tuétano de sus esqueletos. Ella cerró esa semana con el deseo de repetir lo prohibido y la angustia de volver a cumplir con su habitual relación, para entonces, inerte.

Abandonó en esa playa los pedazos esparcidos de su alegría que no alcanzó a compilar. Pero se aferró a los residuos que aún cargaba consigo y, tiempo después, reactivó el contacto con su galán costero, con llamadas esporádicas bajo excusas como el clima, la buena comida en la ciudad antigua o mensajes preguntando por alguna dirección; todos, simples pretextos que abonaban el anhelo de un nuevo adulterio.

La vida le compensaría su espera con algunas ocasiones de gozo, con la condición prohibitiva de no oficializar la relación, pues nunca coincidieron ambos solteros y, al entregarse a las sábanas, estos dos cuerpos siempre arrastraban, al menos, a un tercer corazón latiendo.

Luego llegarían las redes sociales, avivando la comunicación y la obsesión de reunirse para crear nuevas escenas sensoriales, selladas con el dolor de continuar por caminos cada vez más divergentes. Incluso lograron encontrarse en el extranjero con la coartada para participar en eventos internacionales, pero cada recuerdo que construían juntos era una herida más, un secreto más, un recuerdo más que borrar.

Él formó una familia. Ella, ya sin pretendientes y en otro país, intentó encontrar a alguien que tan solo la hiciera reír. Su fórmula más sensata fue resignarse a dividir su apetito en diferentes hombres; todos, incompletos o dañinos. Comparar los resultados de su búsqueda infinita con la consolidación de una familia fue una gran frustración para ella. Así que una mañana salió decidida a soltar todo lo que sostenía y regresar a su ciudad.

Comenzó de cero. Fue hija, hermana, amiga, sobrina, prima y, por primera vez, tía. Esto la hizo cuestionarse sobre su posible rol como madre, pero se dio cuenta de que el padre para sus hijos ya era de otra familia. Esto la conmovió a tal punto que sintió cómo un sable atravesaba todas sus pequeñas heridas, uniéndolas en una sola por la que escurría su alma y su motivación. Le costó recuperarse para poder volver a andar —aún sin sanar—.

Decidió no buscar los rasgos de él en otros y, mejor, recibir de la vida a los jugadores en la forma y posición en la que fueran entrando a su tablero, y de él solo disfrutar del coqueteo y simplificar lo complejo de sus encuentros, que aún sucedían, como una ronda más en su torneo.

Ella lideró por muchos años la competencia en esta clase de deporte, cambiando de fichas, ubicándolas, al mismo tiempo, en diferentes lugares, y teniendo a su jugador más importante aparcado en el banco para activarlo muy de vez en cuando, volviendo interesante el juego tan solo por momentos, con la restricción impuesta de poder usarlo solo una vez por campeonato y nunca como su titular. Así se fueron consumiendo las fechas, con partidas cada vez menos agitadas, más espaciadas en el tiempo; aunque, con canas y manos arrugadas, siempre era la misma emoción en cada jugada. Hasta que, hace unos días, y después de muchos meses de un extraño silencio, ella leyó la nefasta noticia en un obituario que invitaba a su entierro.

Ya no hay mensajes que enviar ni respuestas que esperar; ya no hay “likes” ni comentarios en las redes, ni nuevas fotos que envidiar. Ya no hay jugadores ni campos para el juego, no hay desafíos ni emociones en silencio, y los sueños de un futuro juntos nunca se cumplieron.

Andrés Salazar

Design Thinking + Behavioral Science

Conecto ciencia, estrategia y narrativa para cambiar cómo pensamos, decidimos y trabajamos como sociedad. Diseño comunicación basada en comportamiento humano para despertar pensamiento crítico, impulsar la innovación organizacional y construir culturas más humanas, creativas y reflexivas.

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