En los años 60, Corea del Sur era uno de los países más pobres del mundo. Su ingreso per cápita estaba por debajo de los 100 dólares. No tenía industria pesada, ni producción tecnológica, ni universidades reconocidas internacionalmente. Había salido de una guerra devastadora, y su economía era predominantemente agrícola. Hoy, menos de seis décadas después, Corea lidera mercados globales en semiconductores, robótica, inteligencia artificial, telecomunicaciones y biotecnología. ¿Cómo lo lograron? ¿Qué podemos aprender de su caso en América Latina?
La respuesta no está en un único plan, ni en un solo líder. Pero uno de los puntos neurálgicos fue la creación de un distrito científico planificado: Daedeok INNOPOLIS.
Daedeok no es un parque industrial. Tampoco una zona franca de innovación.
Es un ecosistema diseñado desde cero para articular ciencia, educación, tecnología, industria y Estado.
Lo que diferencia el caso coreano es que el Estado asumió un rol estratégico, inversor y articulador. No se limitó a promover la inversión privada ni a replicar modelos externos. Diseñó un modelo propio, adaptado a su contexto, basado en una idea poderosa: Si queremos dejar de depender de la tecnología extranjera, tenemos que formar nuestra propia comunidad científica, desarrollarla con autonomía, y conectarla con la economía real.
Así comenzó Daedeok, en los años 70, como una zona despoblada cerca de Daejeon. Allí se establecieron inicialmente KAIST, el Instituto Coreano de Investigación Energética (KAERI), y más adelante el Instituto de Investigación en Electrónica y Telecomunicaciones (ETRI). No fue una apuesta rápida. Tomó tiempo. Requirió recursos públicos. Y lo más importante: se sostuvo con visión de Estado más allá de los gobiernos de turno.
Un ejemplo concreto de su impacto es el desarrollo del estándar CDMA por parte de ETRI. Gracias a esta tecnología, Corea pasó de ser importador de telefonía móvil a convertirse en exportador y líder global. CDMA no solo cambió las telecomunicaciones en Asia, sino que impulsó una industria nacional completa. Lo que comenzó como una investigación en un laboratorio estatal, se convirtió en una ventaja competitiva nacional.
Actualmente, Daedeok INNOPOLIS genera más de 14.000 patentes al año, aporta cerca del 40 % de la producción científica del país, integra más de 1.400 instituciones entre públicas y privadas, emplea a decenas de miles de personas, es el clúster con mayor concentración de doctores por kilómetro cuadrado en Corea, y más allá de los números, Daedeok se convirtió en el símbolo de un país que creyó en la ciencia como vía de desarrollo.
En Latinoamérica debemos aprender de este tipo de casos para no seguir atrapados en debates infructuosos sobre innovación, confundiéndola con digitalización, y a la digitalización con modernización.
Pero no hay transformación real si no hay apropiación crítica del conocimiento, si no hay sistemas científicos robustos, ni articulación seria entre universidades, empresas y gobiernos.
A diferencia de Corea, muchos países latinoamericanos aún tratan la innovación como un “complemento” al desarrollo, no como su columna vertebral.
Cuando hablamos de innovación, ¿estamos invirtiendo en investigación con visión a 20 años? ¿O solo replicamos modas tecnológicas? Cuando impulsamos emprendimientos, ¿les ofrecemos un ecosistema que conecta con ciencia, datos, regulaciones, patentes? ¿O solo concursos, apps y pitchs?
Cuando diseñamos ciudades del conocimiento, ¿pensamos en ellas como espacios vivos de experimentación? ¿O cómo edificios bonitos con wifi gratis y eslóganes en inglés?
Daedeok no es un modelo para copiar, pero sí para inspirar, pues cada contexto es diferente. Corea tuvo una voluntad política férrea, y también una presión geopolítica distinta. Pero su lección no está en la copia, está en la convicción de que el conocimiento puede ser política de Estado, que la ciencia, si se articula con lo económico y lo social, puede transformar naciones. Y sobre todo, que no hay futuro sostenible sin inversión sostenida en educación, talento y pensamiento crítico.
Imagina una ciudad en América Latina que, en vez de importar consultorías extranjeras, invierte en formar sus propios investigadores; que conecta universidades con problemas reales del territorio; que entiende que una patente vale tanto o más que una exportación, y que convierte el saber en motor productivo y cultural.
Esa ciudad es posible, ese país es posible, pero hay que empezar a sembrarlo hoy.





