‘Piensa en positivo y el universo conspirará a tu favor.’ Frases como esta se han vuelto mantras culturales, pero hay una trampa: confundir bienestar con censura emocional. Durante años nos han repetido que todo está en la mente, que si cambiamos nuestra forma de pensar, cambiaremos nuestro entorno y también lo que nos ocurra. Que basta con ‘ver lo bueno’, ‘ser agradecidos’ y ‘decretar en voz alta’ para atraer la abundancia, la felicidad y el éxito… todo el paquete completo. En cambio, si expresas tu malestar, duda o crítica, eres un pesimista, tóxico, y al faltarte vibración espiritual estás condenando tu futuro al fracaso, con solo pensarlo.
Este tipo de comentarios anulan una parte esencial del comportamiento humano, la capacidad de reconocer lo adverso, expresarlo, analizarlo y actuar con base en ello para sobrevivir. Es ahí donde el optimismo mal entendido se convierte en un problema, porque lejos de sanar, nos obliga a actuar como si todo estuviera bien, aun cuando estemos rotos por dentro. Promueve la culpa emocional, responsabilizándote de absolutamente todo lo que ocurre a tu alrededor, desactivando el pensamiento crítico; también crea relaciones superficiales en las que se validan solo las emociones y sentimientos positivos.
Vivimos en una época donde el pensamiento positivo se convirtió en moda de consumo masivo, no solo en redes sociales, sino en espacios laborales, familiares y educativos. Distanciarnos de estos comportamientos colectivos es muy difícil, al punto que has llegado a actuar con esas mismas formas sin darte cuenta. Bajo ese contexto, la sociedad actual ha satanizado el pesimismo y deslegitimado el realismo, siendo el optimismo lo único moralmente aceptable.
Lo saludable es cultivar una mente realista y flexible, que reconozca las emociones sin negarlas; que sepa cuándo dudar y cuándo confiar; que entienda que hay límites reales, pero también posibilidades por construir; que pueda anticipar lo negativo sin quedarse paralizada. Acostumbrarse a no expresar tus preocupaciones para no ser calificado como pesimista, no solo es invisibilizar riesgos y alternativas de solución, sino invalidar tus emociones, acumulando tensiones internas que luego te dificultarán reaccionar ante los problemas.
Un estudio nos trae una idea contraintuitiva y liberadora: aceptar las emociones y pensamientos negativos sin juzgarlos ni pelear con ellos se asocia con mejor salud psicológica, menos estrés y menores síntomas depresivos a lo largo del tiempo y puede cambiar la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos y con nuestros equipos. No es autoayuda, es evidencia (Ford, Lam, John & Mauss, 2018).
El equipo de Brett Ford ejecutó tres estudios complementarios con más de 1.300 personas. En el primer estudio realizaron una encuesta transversal a 1.003 voluntarios, en la que midieron cuánto tendían las personas a aceptar sus emociones y pensamientos desagradables, y cómo estaban en bienestar, depresión y estrés. Con los resultados se verificó que el hábito de aceptar las emociones y sentimientos tal y como se presentan impacta directamente en la salud mental.
En el segundo estudio realizaron un experimento controlado en el que sometieron a 156 participantes a tareas estresantes y observaron su reactividad emocional. Quienes aceptaban más sus estados internos se alteraron menos ante el estrés inmediato. Por último, hicieron un estudio longitudinal de 6 meses a 222 personas para observar qué les ocurría con el tiempo, especialmente cuando la vida se les presentaba difícil, controlando por cuánta dificultad atravesaba cada persona. El resultado: la aceptación emocional produce menos estrés y menos síntomas depresivos meses después.
Aceptar lo que sientes sin juzgarlo amortigua el golpe del estrés hoy y protege tu salud emocional mañana. Pero aceptar no es resignarse, no implica gustarte lo que sientes, ni celebrarlo, ni quedarte a vivir allí. Implica dejar de pelear contra lo que ya está ahí dentro de ti; dejar de gastar energía en negar, justificar o maquillar, y liberar esa energía para convertirla en claridad y actuar con mayor lucidez.
En los equipos de trabajo, la aceptación de emociones y pensamientos negativos es terreno fértil para la seguridad psicológica, donde nadie es castigado por decir ‘me preocupa’, condición que multiplica el aprendizaje y la innovación.
No idealicemos el ser pesimista, pero sí tirémosle un salvavidas a los sentimientos negativos para abrazarlos y aceptar que todos los tenemos por una función adaptativa vital. Sanar solo se logra sintiendo las emociones incómodas, callarlas no las desaparece, las vas acumulando hasta paralizarte y este resultado sí es predecible: emociones encapsuladas que regresan como ansiedad, irritabilidad, insomnio, somatizaciones, apatía; reuniones donde nadie dice lo que piensa, equipos que tiran para el mismo lado tomando decisiones sin discusión real.
En ocasiones, ser pesimista significa tener el valor de ver la realidad sin exagerarla. Es aceptar que la incertidumbre es parte de la vida y que no todo depende de ti. Que hay pasos hacia adelante que no cuentan como progreso. Es permitir que el dolor exista sin que lo ocupe todo y, al mismo tiempo, apreciar la esperanza sin que se convierta en una obligación.
Referencia:
Ford, B. Q., Lam, P., John, O. P., & Mauss, I. B. (2018). The psychological health benefits of accepting negative emotions and thoughts: Laboratory, diary, and longitudinal evidence. Journal of Personality and Social Psychology, 115(6), 1075–1092. https://doi.org/10.1037/pspp0000157





